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Sandinista recordada
Alberto Híjar
Julio, 2008 El método de Ema Yañez Rizo para construir la historia de Araceli Pérez Darias puede confundirse con el de Marguerite Duras para la nouveau roman y el nuevo cine de la llamada en Francia Nueva Ola. Así como Hiroshima no es solo el lugar del crimen yanqui de lesa humanidad, Araceli es y no es la emigrada española con todo y padre franquista, militar falangista él, tampoco es la educada por las monjas del Sagrado Corazón aunque sí lo es igual que la psicóloga de la Ibero participante en círculos de estudio del marxismo con el Espartaquismo Integral donde jugó al clandestinaje, a la par que trabajaba y discutía la antipsiquiatría y a Althusser para aprender que entre locura y sociedad hay articulaciones nada naturales descubiertas por los psicólogos argentinos y por el comunista francés alerta a construir teóricamente relaciones de producción críticas de sentimientos, sensaciones, usos y costumbres favorecidos por los aparatos ideológicos del Estado. Todo eso y más narran los testimoniantes del libro construido a lo largo de diez años por la investigadora del INAH, hija de una amiga de Araceli. Se auxilia con testimonios recogidos por Claudia, Eugenia Monroy, integrante del Frente Norte y el Frente Interno con Araceli y por sus hermanos Cristián y Cesar a quienes escribía en plan de reflexionar sobre su condición revolucionaria. Emma Yañez articula los testimonios, los escritos de Araceli y algún comunicado de prensa sandinista y de la barbarie de la dictadura para dar cuenta de las transformaciones de Araceli. La inclusión al final de una cronología sandinista y de un capítulo de título elocuente "Los de antes ya no son los mismos", completa con la relación de fuentes y la bibliografía una muy buena bitácora de la investigación. Los pseudónimos de Araceli titulan los capítulos que así corresponden a momentos de la formación personal revolucionaria: Araceli, Argentina, Tere, Pilar y "Araceli, una tanqueta" en referencia al regalo del dictador cubano Fulgencio Batista a Somoza donde apeñuscados entraron a Managua los combatientes de León registrados en una foto que recorrió el mundo entero. Ellos nombraron la tanqueta. Araceli resulta una bella psicóloga transformada en revolucionaria, irreductible a la formación de hierro de las hagiografías heroicas. Emma Yañez incluye en los casi todos breves párrafos de las y los entrevistados, detalles como los ojos y las miradas que enamoraron a Joaquín Cuadra o la incomodidad por los escupitajos sandinistas en la casa de seguridad y la dificultad vencida de caminar en la selvática oscurana profunda. Los testimonios de las gentes sencillas y trabajadora que ocultaron buzones de armas y documentos en sus casas o hicieron de su fonda un sitio de reunión insospechable, coinciden en alabar el recurso de chilear (hacer bromas) de la admirada compañera mimetizada con el habla nica y dispuesta al trato fraterno con todo mundo. Oscar Benavides recombino a Araceli por usar palabras altisonantes a lo que la compa respondió con la aceptación recibida por su habla entre los trabajadores más humildes. La historiadora incluye entre las narraciones de vida un párrafo de la conferencia de Franco Vasaglia sobre "La institucionalización psiquiátrica de la violencia" en aquel célebre congreso Razón Locura y Sociedad de finales de 1975 recordado por María Antonieta Orozco compañera de trabajo en el Hospital Español. Como este documento hay un comunicado programático sandinista y algún reporte de los crimines somocistas de 1976 cuando el jesuita Fernando Cardenal lo presentó ante la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Tomado de la Gaceta Sandinista donde colaboró Araceli, permite con las excelentes notas de pie de página, entender las razones de la insurrección sandinista. Hay quienes recuerdan la capacidad teórica de Araceli para dar formación política a las células, para las tareas de propaganda y para participar en reuniones de dirección. Asumió comisiones logísticas, de propaganda, de coordinación y participó en combates donde destacó por su temeridad y puntería. No en balde había aceptado en México las invitaciones de un joven con acceso al Campo Militar No. 1 donde aprendió a tirar. Descubrió la verdad de tener menos para hacer más y renunció a los dos pantalones y las correspondientes camisas a cambio de compartir con su entrañable compañera Claudia tres pantalones y sendas camisas para las dos juramentadas en privado de no impedir jamás la marcha fatigante de las columnas guerrilleras. Las chicas de ciudad probaron todo el tiempo que no importa la clase de origen sino a quien se sirve con plena conciencia. Thelma Nava habló de su amiga y como otras, recordó el horror de leer en primera plana de un diario mexicano la caída en combate de Araceli en el barrio de Veracruz de la ciudad de León el 16 de abril de 1979, en la víspera del triunfo de julio. En rigor, la casa de seguridad fue atacada por la guardia enterada de la reunión de dirigentes desarmados por los peligros de transitar librados por quienes fueron chocados por un transporte militar que siguió su camino sin molestarlos. Los atacados corrieron al jardín de la casa y fueron acribillados. A las mujeres las apartaron golpeadas y heridas para mancillarlas en el cuartel de donde salieron masacradas. Thelma leyó un poema inédito escrito entonces. Las intervenciones previstas funcionaron como en el libro para dar a entender la vida y obra de Araceli. La de su compañera de la Ibero y hoy exdiputada priísta Angélica Luna Parra, la de la entrañable Claudia que repitió la respuesta que solía dar a la pregunta del porqué se incorporaron a la Revolución Popular Sandinista. "Porque nos fuimos de Adelitas" cuando en realidad, como explicó contó el enamoramiento pero hubo mucho más en la decisión. Por esto leí un párrafo de una carta a su hermano Cristián donde explica Araceli la fortuna de superar el individualismo y sus zarandajas de encontrarse a sí mismo, para descubrir la sabrosa plenitud de luchar por los demás, por todos, por sí misma. La memoria de la antigua Claudia, María, Catalina, responsable de Managua durante el repliegue a Masaya, sobre su trabajo en talleres de integración aquí y en Nicaragua, excontras incluidos, dio pie al lamentable comentario del embajador de Nicaragua en México sobre la reconciliación nacional probada en el gobierno de Ortega con la inclusión de excontras. Ya no pude decir que hace tres semanas suspendió su huelga de hambre de doce días la legendaria Comandante Dos del asalto a Palacio, Dora María Tellez, gran compañera y responsable al principio de las tareas de Araceli. Hubo una pancarta en su campamento para llamar la atención a la negativa de registro de la Renovación Sandinista. El texto dijo: "Ortega y Somoza son la misma cosa". Pero algo se atenúa con el buen refugio a las tres sobrevivientes de la Masacre de Sucumbíos. Nada es en desmedro de quienes como dijo Leonel Rugama el muchacho poeta revolucionario caído en combate: "los intelectuales también socan". |
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